Resulta francamente irónico leer a quienes pretenden reducir a la categoría de «show» lo que en realidad ha sido una implacable persecución de Estado.
Intentar calificar como dolce vita o comodidades en el exterior la salida forzada y la clandestinidad de una líder política no es solo una pirueta retórica desacertada: es la muestra más transparente del miedo que genera la legitimidad popular cuando no puede ser sometida por la fuerza.
Para entender por qué María Corina Machado tuvo que salir y por qué su retorno resquebraja la narrativa oficial, hace falta muy poco teatro y mucha memoria.
No se sale del país por gusto ni por «ansias de agasajo» cuando el aparato represivo de un régimen mantiene las cárceles llenas de dirigentes de oposición, activistas y ciudadanos cuyo único delito ha sido disentir.
La salida de un líder perseguido jamás ha sido una huida; ha sido, históricamente, la garantía de mantener viva la voz de un pueblo al que intentan silenciar tras las rejas. ¿O es que acaso se olvida convenientemente cómo se utiliza el sistema judicial como un calabozo con puerta giratoria para aplastar cualquier alternativa democrática?.
Hablar de «desesperación» ante acuerdos petroleros o mesas de diálogo prefabricadas es desatender la realidad. La verdadera desesperación no está en quien regresa a dar la cara junto a su gente; está en el poder que necesita inventar conspiraciones, justificar el colapso económico culpando al enemigo externo y prometer aumentos salariales fantasma que la inflación devora antes de ser anunciados.
Pretender atribuir la ruina de los servicios públicos, las pensiones de miseria y la quiebra nacional a la oposición es un libreto desgastado que ya no convence ni a sus propios espectadores.
El regreso de María Corina Machado no baja el telón de ninguna farsa: levanta el velo de la impunidad. Vuelve porque su compromiso nunca estuvo en un micrófono extranjero, sino en la tierra donde millones exigen un cambio real.
Vuelve a un territorio donde disentir cuesta la libertad, desafiando a un régimen que tolera la crítica únicamente si viene empaquetada en negociaciones a su medida.
A los amanuenses del poder les incomoda la presencia de quien no se vende ni se dobla. Les resulta incomprensible porque están acostumbrados a la política de la componenda y al sometimiento.
Pero la historia no la escriben los panfletos que intentan ridiculizar la valentía ajena desde la comodidad del libreto oficial. La historia la escriben quienes, aun con todo el aparato del Estado en contra, deciden volver a pisar su suelo para recordarles que el verdadero poder reside en la gente, no en los calabozos.
Por:
Leonardo Paredes.

