A veces, los caminos de la vida toman desvíos inesperados que transforman por completo el destino de una persona.
Esto fue lo que le ocurrió a Aimig Brito, una médica integral comunitaria egresada de la Universidad de las Ciencias de la Salud, cuya historia demuestra que la vocación de servicio puede nacer en el lugar y momento menos pensado.
En el marco de la celebración del Día del Médico Integral Comunitario, celebrado cada 8 de octubre, conversamos con la doctora Brito sobre su trayectoria.
Lejos de haber soñado con la medicina desde la infancia —su gran aspiración inicial era el mundo del diseño de modas—, la realidad la condujo hacia las aulas universitarias impulsada por dos factores fundamentales: la deficiencia de personal médico en el estado y la profunda necesidad de atención sanitaria que observó al realizar sus primeras rotaciones por zonas apartadas.
El rol del médico integral comunitario va mucho más allá de las paredes de un consultorio tradicional. Consiste en hacer presencia activa mediante visitas casa a casa, charlas educativas, medidas de promoción y prevención, y un abordaje humano y cercano a la realidad de la gente.
Durante su experiencia profesional, Brito ha recorrido comunidades como San Francisco de Guayo, Curiapo y Nabasanuca. En estos lugares, la labor médica se funde con el calor y la organización de su gente. Testimonio de ello es el fuerte sentido de comunidad que se vive en los pueblos waraos, donde el apoyo mutuo es ley: cuando un paciente es hospitalizado, toda la familia y los vecinos participan activamente, turnándose para cuidar, llevar alimentos y medicamentos, e incluso pernoctar en el centro de salud.
Asimismo, la atención médica ha llegado a superar barreras geográficas mediante jornadas en embarcaciones fluviales, donde los profesionales navegan los ríos para ofrecer consultas y medicamentos directamente a las familias, logrando combatir de manera directa problemas como la desnutrición infantil y mejorando la calidad de vida de los habitantes.
Para la doctora Brito, uno de los pilares más hermosos de esta profesión es el respeto y el intercambio cultural. Trabajar con comunidades indígenas implica un profundo respeto por sus tradiciones y formas de ver la vida, logrando una sinergia donde el personal de salud y la comunidad tradicional colaboran hombro a hombro para sanar.
Ante los jóvenes que desean iniciar esta hermosa carrera, la doctora deja un mensaje claro y directo: se necesita ser perseverante, fuerte, respetuoso y, sobre todo, tener un amor genuino por la carrera.
Además, destaca que no existe ninguna diferencia sustancial ni motivos para envidiar la formación de otras universidades, ya que las materias, las rotaciones y las funciones son las mismas. La verdadera clave del éxito radica en el empeño y la dedicación del estudiante: «La universidad no hace al estudiante, es el estudiante el que hace a la universidad».
