La tierra crujió, se abrió y lo tragó todo. El pasado 24 de junio, el sector Canaima La Planada, en La Guaira, pasó de ser un barrio vibrante a convertirse en un cementerio de escombros y polvo. En medio de ese infierno, una docente deltana de 35 años, Joharcis Meza, y sus tres pequeños hijos, lograron burlar a la muerte por una mezcla de intuición maternal. Hoy están en el Delta para contarlo, pero con el terror grabado en los ojos.
«La casa se movía como una gelatina»
El instinto de una madre no se equivoca. Minutos antes de la catástrofe, Joharcis planeaba dejar a sus niños en casa para hacer una visita rápida a su jefa. Algo en su pecho le dijo que no. «Si salgo, nos vamos todos», sentenció. Esa decisión fue el primer paso hacia la salvación.
El segundo paso llegó en forma de un pitido digital. Mientras conversaba en una vivienda cercana, el teléfono celular de su acompañante vibró con una fuerza inusual. Era la alerta sísmica temprana de Google. Segundos exactos antes de que el suelo se rompiera, la pantalla parpadeó advirtiendo el desastre.
«¿Va a temblar?», apenas dio tiempo de pronunciar. Lo que siguió fue el caos absoluto. «La casa se movía como si fuera una gelatina», relata Joharcis con el corazón en la boca. El pánico se apoderó del ambiente, los niños gritaban y las estructuras colapsaban a su alrededor mientras ella se aferraba a la fe, pidiendo a Dios que los cubriera con su manto.
Cuando logró regresar a su hogar a las diez de la noche, la realidad la golpeó con una fuerza brutal: la zona estaba completamente destruida. Su casa ya no existía. No quedó en pie ni una sola pared, ni un recuerdo, ni siquiera un par de zapatos que rescatar.
Tres días de infierno y el rescate del gobierno deltano
Incomunicada, sin luz ni señal, Joharcis vivió tres días de pesadilla viendo cómo sacaban cuerpos sin vida —incluyendo niños— de entre los escombros de sus vecinos. Mientras tanto, en Tucupita, su familia la lloraba y difundía carteles con su foto dándola por desaparecida.
La respuesta institucional para rescatar a los coterráneos atrapados en la tragedia fue inmediata. La gobernadora Loa Tamaronis y su gabinete de contingencia activaron un operativo de evacuación de emergencia. Joharcis y sus tres hijos lograron abordar el primer autobús de rescate habilitado por las autoridades deltanas. Un viaje directo, completamente gratuito, que los sacó de las ruinas y los trajo de vuelta a su tierra.
El regreso a casa: atención médica y las secuelas del horror
A la 1:45 de la mañana del martes, el autobús cruzó las fronteras del Delta, desembarcando a los sobrevivientes en el gimnasio cubierto de Tucupita, donde se desplegó un operativo de atención integral:
Evaluación médica y pediátrica inmediata para garantizar la salud de los niños.
Medicamentos, hidratación y alimentación completa desde el primer minuto.
Abordaje psicológico de emergencia para tratar el shock postraumático.
Empezar de cero con las manos vacías
Joharcis ya no quiere mirar atrás. Sabe que La Guaira quedó en ruinas y que su vida como docente de preescolar allá terminó. Ahora, el refugio de su familia en el Delta es su único búnker seguro, aunque el miedo intente regresar con cada trueno o lluvia nocturna.
«Ahorita estoy tranquila, pero ante un mínimo movimiento me asusto. Los niños se despiertan en la noche saltando, pero les recuerdo que ya están en un lugar seguro», afirma. Llegó sin nada más que la ropa que llevaba puesta, pero con el tesoro más grande que tiene sus tres hijos.



Dios TODOPODEROSO,gracias padre por tu misericordia infinita y salvar a esta Deltana junto a sus tesoros más preciados » sus hijos»»»