La comunidad de Guacasia ha dicho «basta». Lo que por décadas fue un servicio regular, hoy se ha transformado en la peor crisis humanitaria que recuerden sus habitantes.
El vital líquido, brilla por su ausencia mientras la indolencia de Hidrodelta parece no tener límites.
El vecino Yinnis Carrasquel, portavoz del malestar colectivo, denuncia que la raíz de este desastre es la improvisación: tras quemarse la bomba original, las autoridades instalaron un equipo de juguete, sin la fuerza ni la capacidad para abastecer a la población.
El resultado es devastador, pues el 70% del día los hogares permanecen secos, y cuando llega el suministro —siempre condicionado a que los constantes apagones lo permitan— lo hace sin presión, apenas como un hilo de esperanza que nunca llega a los sectores más alejados, donde tienen meses sin recibir una gota.
Pero el calvario de Guacasia no termina en la tubería. La comunidad sobrevive en un estado de abandono sistémico donde la falta de agua se suma al colapso del transporte, un alumbrado público inexistente que regala calles en tinieblas y una vialidad que parece zona de guerra.

Guacasia exige soluciones reales: una bomba de alta capacidad que devuelva la presión a las tuberías y que las autoridades salgan de sus oficinas para enfrentar la realidad de un pueblo que ya no aguanta más promesas vacías.
La paciencia se agotó; es hora de que Hidrodelta responda o admita su incapacidad frente a la sed de los ciudadanos.

