En el ecosistema de la política venezolana, donde el pragmatismo suele ser el disfraz preferido del entreguismo, las palabras de Omar Marcano, dirigente del PCV, resuenan con una pureza ideológica que resulta tan fascinante como anacrónica.
Para el ciudadano común, asfixiado por la precariedad, la posibilidad de negociar «tú a tú» con el coloso del norte y cobrar el valor real del crudo parece una tabla de salvación; sin embargo, para Marcano, esta apertura no es más que el certificado de defunción de una soberanía que él ve desvanecerse en un proceso de «neocolonización» institucional.
Su tesis es lapidaria: no estamos ante una relación de socios, sino ante una metrópoli dictando pautas a una colonia tutelada. Es curioso, por no decir trágico, observar cómo un defensor de la estatización total ahora se convierte en el principal denunciante de las reformas a la Ley de Hidrocarburos y la Ley de Minas, argumentando que el Estado ha cedido sus prioridades de exploración y control bajo un «mandato imperial».
El dirigente del PCV destila una amargura que es el reflejo del desprecio histórico hacia los sectores populares que él dice representar. Su queja de que «nunca se escuchó al pueblo» suena a una confesión tardía de quienes construyeron un modelo que terminó por asfixiarlos. Al final, el análisis de Marcano nos deja una imagen desoladora: la de una izquierda ortodoxa que, aferrada a los restos de una ley y una constitución que ellos mismos desgastaron, observa cómo el capital extranjero viene a recoger los escombros de un país que se quedó sin recursos y sin brújula.
Es el purismo de quien prefiere hundirse con el barco antes que aceptar que las filtraciones empezaron desde adentro, mucho antes de que el primer «gringo» volviera a tocar la puerta.
Aquí parte de la entrevista juzgué usted señor lector:
