Lo que durante años se ocultó tras el humo del incienso y las oraciones en la parroquia María Auxiliadora ha estallado como una bomba de realidad que la Diócesis de Punto Fijo ya no pudo seguir silenciando con comunicados tibios.
El protagonista de esta historia de horror no es un villano de ficción, sino el sacerdote Jesús Gabriel Candelario Barreno, hoy tras las rejas tras un largo historial de sombras, huidas y una negligencia institucional que clama al cielo.
La detención, ejecutada finalmente este 26 de enero en el estado Sucre, ha levantado más que sospechas y ha encendido las redes sociales. ¿Cómo es posible que un hombre con una orden de aprehensión pesando sobre sus hombros desde abril de 2024 se paseara tranquilamente por las calles de Carirubana en diciembre, oficiando misas y celebraciones eclesiásticas frente a las narices de todos? Mientras la Iglesia se llena la boca hablando de «protocolos de la Conferencia Episcopal» y «apoyo espiritual», en las esquinas de Falcón el murmullo es una bofetada: aquí hubo protección o una ceguera selectiva que roza la complicidad.
La verdadera heroína de este drama no lleva hábitos, sino tiza y vocación. Fue una docente la que, al observar cómo una de sus alumnas de apenas 12 años se marchitaba, decidió no mirar hacia otro lado.
La pequeña, quien servía con devoción como monaguilla, había transformado su aspecto físico y su personalidad en un grito de auxilio silencioso. Ante la intervención de su maestra, la adolescente confesó el infierno: abusos sistemáticos perpetrados por el hombre que debía guiar su espíritu, pero que prefirió devorar su inocencia. Los resultados forenses, descritos como «contundentes», no dejaron lugar a las dudas que la Diócesis parece haber gestionado con tanta parsimonia.
El comunicado firmado por el Obispo Luis Enrique Rojas Ruiz llega con el sabor amargo de lo tardío. Aunque aseguran haber estado en contacto con la familia, la realidad es que el «Padre Gabriel» no estaba precisamente escondido en una cueva; estaba en el altar mientras la justicia lo buscaba. Hoy, despojado del respeto que la sotana le otorgaba, Candelario Barreno enfrenta un proceso donde no valen las confesiones privadas ni las penitencias leves. La sociedad falconiana exige que, esta vez, el peso de la ley sea tan firme como el asco que produce saber que el lobo siempre estuvo cuidando a las ovejas.

