El alcalde Anderson Osuna no anda con rodeos: lo que viene para el municipio Pedernales es un infierno de sal y sed.
Con el fenómeno de El Niño apretando el cuello del Delta Amacuro, el mandatario ha soltado una advertencia que quema: este verano será mucho más brutal que el anterior, y la cuña salina viene dispuesta a devorarlo todo.
Ya no se trata solo de las comunidades de siempre; esta vez, el salitre amenaza con trepar río arriba hasta alcanzar sectores como Las Bonitas y Wakajara, donde el agua dulce solía ser la norma y hoy es un lujo que está por desaparecer.
La crisis no es solo climática, es una bomba de tiempo sanitaria. Mientras el sol calcina la selva, los sistemas que deberían proteger a la población están en cuidados intensivos. En comunidades como Wakajara del Manamo y San José de Wakajara, las plantas de ósmosis inversa son poco más que monumentos al descuido, con filtros dañados o inexistentes que dejan a los habitantes a merced de lo que puedan recoger de la lluvia.
Es una ruleta rusa bacteriana: beber agua de techos y canales es la única opción para el pueblo Warao, una práctica que invita directamente a las enfermedades a sentarse a la mesa de cada hogar.
Ante este panorama desolador, Osuna intenta mover las fichas de un plan de emergencia que no admite más demoras. La consigna es clara: o cada comunidad tiene su planta de potabilización funcionando a toda marcha, o el desastre será inevitable.
El alcalde asegura estar presionando a Hidrodelta y a la Gobernación para que la ayuda no se quede en promesas de oficina, mientras intenta mantener a flote la cooperación con ONG como Tierra Viva.
En Pedernales, la paciencia se agota al mismo ritmo que el agua dulce; el tiempo de las palabras ya pasó, ahora toca evitar que el salitre termine de asfixiar la vida en el noroeste del Delta.

