La tranquilidad de la noche en el mini terminal de Tucupita se ha convertido en la peor pesadilla para sus comerciantes. Un llamado desesperado ha sido lanzado por Jesús Rafael Phillips, un valiente chequeador que, cansado de la inacción, alzó la voz para denunciar la alarmante situación. Su testimonio no deja lugar a dudas: la delincuencia está aprovechando el abandono nocturno para hacer de las suyas.
Según Phillips, tres negocios ya han sido víctimas de la audacia criminal. ¿El método? Tan simple como atrevido. Los delincuentes se meten por dentro del mini terminal y, como si fuera una película de acción, rompen las puertas para introducirse en los locales de ropa y comida que, indefensos, quedan a merced de los ladrones.

El ruego de los comerciantes es claro y directo: exigen al alcalde Arnaldo Rodríguez con su inquebrantable Politucupita y a la gobernadora Loa Tamaronis con su audaz Polidelta que, por favor, pongan fin a este “vacío” de seguridad que los tiene al borde de la quiebra.
No es un capricho, es una necesidad urgente. Los locales de ropa y comida, que con tanto esfuerzo se levantaron, están en riesgo de desaparecer si la pasividad de las autoridades continúa.

La pregunta que resuena en el aire es: ¿Hasta cuándo tendrán que esperar los comerciantes para que se tomen medidas? Mientras ellos ruegan por una vigilancia policial nocturna, los delincuentes ya han hecho un inventario de lo que se pueden llevar.
El mini terminal necesita guardias, no promesas vacías. La seguridad no puede ser un lujo ni un adorno, sino una realidad que ampare a quienes, con su trabajo, sostienen la economía de la zona.

