Mientras el sol se esconde sobre el Delta Amacuro, una escena común se repite en varios rincones de Tucupita, el sonido de palas y el roce de carretillas y no de maquinaria pesada de las personas que se denominan “Gente que Resuelve”, sino de vecinos dedicados a arreglar con sus propias manos y escasos recursos las calles destrozadas de su comunidad.
Es la historia de «El Silencio», un nombre que resuena con la necesidad silenciosa, pero urgente, de una intervención y que se les escuche.

En este sector, como en tantos otros, la infraestructura vial ha sido víctima del deterioro y el olvido. Calles de tierra se han vuelto un laberinto de irregularidades que ponen en riesgo a peatones y vehículos en especial en épocas de lluvia.
Un residente, cuyo nombre se mantiene en el anonimato pero cuyo esfuerzo es visible, junto a un grupo de vecinos voluntarios se ha organizado para tapar los huecos y nivelar el terreno con lo que tienen a mano.

«Lo hacemos por nuestros hijos, por los que caminan por aquí, por los carros que se dañan», comenta uno de los residentes, mientras intenta tapar con lo que tiene varios baches. «No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando. Pero esto no es sostenible. Necesitamos el apoyo del gobierno, de la alcaldía que dicen llamarse gente que resuelve pero veo que no han resuelto nada.
La labor de estos héroes anónimos es encomiable, pero también un grito desesperado. Las reparaciones caseras, por más buena voluntad que las impulse, son soluciones temporales que no abordan la raíz del problema.
La situación en «El Silencio» es un reflejo de lo que ocurre en muchas otras comunidades de Tucupita.

