En la espiritualidad que emana de la Parroquia San José de Tucupita, el Padre Fray Ramón Morillo nos invita a despojar la fe de sus adornos exteriores para encontrar el latido real de la divinidad.
No se trata simplemente de una fecha en el calendario o de una tradición que se repite por inercia; es, en palabras del fraile, el encuentro con un Dios que se hizo historia y que hoy, más que nunca, busca hacerse carne en nuestras acciones cotidianas.
Esta Semana Mayor no es un teatro de sombras ni una representación del pasado, sino un acontecimiento vivo que palpita en el presente de cada creyente que se atreve a mirar más allá de lo visible.
Para muchos, la fe se manifiesta a través de mediaciones: la palma, el agua, el pan o el vino. Fray Ramón nos explica con sabiduría que estas son herramientas sagradas, puentes que Dios nos dejó para celebrar su presencia real, pero advierte sobre el riesgo de quedarnos atrapados en la periferia. A menudo nos deslumbramos con la elegancia de la procesión o el gesto del rito, olvidando que lo esencial ocurre en lo profundo del alma. La ceniza, por ejemplo, no debe ser vista como un amuleto o un talismán de protección, sino como un «perfil espiritual» que nos revela nuestra escala de valores y nos urge a cambiar aquello que nos aleja del amor auténtico.
Al final del camino, la resurrección se manifiesta en los detalles más sencillos: en el rayo de sol que nos despierta cada mañana y en la novedad de cada día que Dios nos regala.
Resucitamos cada vez que actuamos con bondad hacia el vecino, cada vez que mostramos compasión y cada vez que decidimos ser testigos vivos de que la muerte no tiene la última palabra.
Como bien señala Fray Ramón, ser cristiano es salir al mundo con la alegría de saber que Dios está vivo, permitiendo que nuestra propia existencia sea el ejemplo más claro de esa presencia eterna que nos invita, cada día, a nacer de nuevo.

