Por: Erick Sapienza
Hace más de dos mil años, el filósofo griego Platón se atrevió a cuestionar un dogma que hoy consideramos intocable: *_«la democracia»_*. A raíz de la condena a muerte de su maestro Sócrates por parte de una asamblea ateniense, Platón comenzó a dudar de _*si la opinión de la mayoría era siempre sinónimo de justicia o sabiduría._*
La manera de ilustrar su escepticismo, recurrió a una de las analogías más potentes de la historia política; la del barco en medio de una tormenta,*¿Elegirías al capitán del barco mediante una votación popular entre los marineros, o preferirías a alguien que realmente sepa navegar?*, para Platón, gobernar una ciudad requería preparación, conocimiento técnico y virtud, y no simplemente la habilidad de engatusar a las masas.
La valoración realizada por Platón, no nacía del odio a la libertad, sino del temor profundo a que una sociedad carente de educación crítica terminara eligiendo a los mejores oradores «los demagogos de turno», en lugar de a los mejores gobernantes. Hoy, en plena era de la polarización digital, las fake news y los discursos simplistas en redes sociales, la advertencia platónica cobra una vigencia escalofriante.
Cuando las campañas políticas priorizan el aplauso fácil y el eslogan pegadizo por encima del rigor y la competencia técnica, el *«barco de Estado»* corre el riesgo de chocar contra los acantilados. Ahora bien, reconocer estas debilidades no significa rechazar la democracia, sino aceptar que requiere algo más que urnas electorales; *exige una ciudadanía educada, vigilante y exigente,* capaz de distinguir entre quien sabe navegar y quien solo sabe gritar más fuerte en medio de la tormenta.

